Niño hoy, no mañana
Hace unos minutos salí a pasear a
mi perrita, procurando generarle ese breve pero necesario escenario de
bienestar que todo animal necesita. Partiendo de que no hay aislamiento o
estado de emergencia que un perrito pueda entender. Mientras caminaba, en esa
breve pero satisfactoria libertad, me crucé con tres escenas que me conmovieron
y removieron pensamientos que han ido cocinándose en mi alma y mi mente desde
hace mucho, pero especialmente desde que empezó esta cuarentena.
Mientras La Pepi (mi Schnauzer de
14 años) olfateaba el pasto, un señor y su hijo pasaban cada uno en una
bicicleta. Al parecer volvían de comprar. Ambos iban con una mascarilla e iban
discutiendo las posibilidades de subir el asiento de la bicicleta del niño, que
no pasaba de los 8 años y que se resistía a la posibilidad de perder la
comodidad de su bici. Lejos de pensar en que no están permitidos esos paseos
con niños, pensé en lo bien que le hacía a esa criatura salir y cómo si se
tomaban todas las medidas necesarias de aislamiento e higiene, no corría mayor
riesgo en ese, muy probablemente, corto viaje con papá.
Unos metros más allá, otro padre
intentaba calmar a su hijo de unos 12 o 13 años, porque se había ensuciado la
rodilla y esto le generaba un cuadro de ansiedad muy difícil. No sé si estaban
en una salida diaria, no parecían haber comprado nada, pero el padre intentaba
seguir avanzando a pesar de los gritos de su hijo, desesperado por la suciedad
en su pierna, a la vez que lo limpiaba mientras caminaba y le regalaba palabras
de calma.
Finalmente, llegando a la puerta
de mi casa, escucho la voz hermosa de un niño que no podría pasar de los cuatro
años que gritaba “hola señora” a todo pulmón desde el piso siete u ocho del
edificio de al lado. Por supuesto, y aunque me doliera, la señora era yo.
Levanté la mirada y le dirigí un saludo tímido con la mano mientras él,
sostenido por su padre, gritaba con más entusiasmo ante mi respuesta “hola hola”.
Esta vez grité también a todo pulmón “hola” y saludé con la mano conteniendo
las miles de emociones que ya se arremolinaban adentro mío. Abrí la reja de la
quinta en la que vivo y no se hizo esperar el “adiós”, también a todo pulmón y
con la misma efusividad. Me despedí también con alegría y entré.
Cuando estuve sola, los
pensamientos no pararon de llegar. Pensaba en qué estamos haciendo, como
adultos, como ciudadanos, por esos otros ciudadanos con menos voz que nosotros.
En general suelo preguntarme por qué la ciudad está construida pensando en los
adultos de hoy y los adultos “del mañana”, pero por alguna razón no está construida pensando en los niños de hoy.
Que ya están aquí, que son reales, de carne y hueso, y que también tienen
necesidades que atender. Pero en esta coyuntura me pregunto aún más, si todos
estamos tan seguros de que ahora habrá un nuevo statu quo, si ya sabemos que habremos de construir un nuevo normal,
¿lo haremos pensando en ellos también?
Veo cómo el aislamiento nos ha
llevado a creer que la solución a todos nuestros problemas es la virtualidad.
¿Pero no es acaso una mejor solución aprender a vincularnos en pequeñas
comunidades? Con el vecino, con el señor de la bodega, confiar en la localidad,
en que si quienes estamos cerca nos cuidamos entre nosotros, podremos
garantizar que todos estamos bien. Y en ese mismo proceso, están también nuestros
niños. Mi sobrino, por ejemplo, me cuenta alegre con sus dos años de estreno que
la vecina del primer piso (quien él cree que es del tercer piso) lo saluda. Lo
alegra. Incluso le llevó un regalo por su cumpleaños. Una persona que no lo
conoce. Porque su propia familia no pudo ir, porque sus abuelos y sus tíos
estábamos lejos y no pudimos ir y abrazarlo como se debía. Pero ahí en su
pequeñita comunidad inmediata, un gesto amable, considerado, un reconocimiento
a su infancia, lo hizo sentir en casa.
No sé bien cómo saldremos de
esto, pero si sé que el mundo no empezará a construirse mañana, sino que no
para de construirse HOY. Si, hoy. Con todo, los niños de hoy solo serán niños
HOY. En este contexto. Y si queremos que sean gentiles con los niños de mañana,
debemos ser adultos gentiles hoy. Eduquemos un mundo amable, considerado,
generoso. Que no necesita atravesar y recorrer grandes distancias para
reconocer a su prójimo y que se cuida para permitir que aquellos que tienen
necesidades más urgentes puedan satisfacerlas primero.
Quizás peco de inocente, pero
quiero creer que habremos los adultos que aprenderemos la lección y que nunca
más olvidaremos que solo tenemos hoy; y que quienes estamos aquí somos quienes
debemos ser atendidos. TODOS los que estamos aquí.


Hola, es un texto conmovedor, sin embargo, no pude evitar detenerme en tus faltas ortográficas. Se escribe con minúscula inicial los nombres propios utilizados como comunes, regla que omites al mencionar la raza de tu mascota. También omites la tilde diacrítica en “Sí, hoy”.
ResponderEliminar"Y entiéndase claramente que yo no recrimino la falta de originalidad en sí. Afirmo solamente que no convierto en situaciones los momentos nulos de mi vida, y que puede resultar indigno de todo hombre el cristalizar tales momentos. Permitidme, pues, que pase por alto la citada descripción de un aposento, junto con tantas otras." (Breton, 1924, p.24).
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