Permiso para fallar

Es una queja común en la comunidad de maestros que los padres no escuchan, que cuando les toca recibir información sobre sus hijos o su paternidad son una tabla. Yo misma me he encontrado a mi misma pensándolo muchas veces con la desesperación de quien se sabe especialista, pero a veces navego en la empatía y me pregunto ¿cómo escuchar?
Yo no tengo hijos pero trabajo acompañando familias hace ya varios años y esto es lo que he visto. Cuando uno es padre, en esta sociedad al menos, mágicamente las personas alrededor deciden que tienen el derecho de comentar esa labor. Llegan los consejos bienintencionados, las recomendaciones de todo tipo y variante, las malas caras, los espantos, los comentarios en voz alta y voz baja, las comparaciones, etc. De pronto cae sobre el padre o madre que no siendo suficiente con tener la responsabilidad del bienestar de la criatura en cuestión, tienen además que satisfacer cuanta expectativa ajena les sea tirada encima. Entonces aparecen y fermentan en el espíritu ese virus epidémico que es "la culpa". Si ya el amor te hacía cuestionarte a cada paso si lo estabas haciendo bien, la culpa te quita el sueño, perturba el alma de tal manera que la única solución posible es hacer oídos sordos, ya no escuchas. Comienzas a decirte que vas bien, que por último tú decides como criar a tus hijos y listo, el malestar parece dormirse siquiera un poco.
El problema es que esa sordera va quedándose en el cuerpo, haciéndose costumbre, y a muchos padres les pasa que se les vuelve crónica. Así, cuando llega a tí una voz honesta y justa lo primero que aparece es esa sordera defensiva y te hallas diciendo las frases más absurdas. Repites que lo que te dicen no es cierto o no está pasando y, si llegas a creer que algo pasa, la culpa es de cualquiera menos tuya. Esto deviene, lógicamente, en una atención muy pobre del tema.
Cuántos "mi hijo no obedece" se podrían resolver con "pasa más tiempo con él" pero terminan en el especialista; cuántos "no se concentra" son en el fondo "juega más con él/ella" pero terminan llamándose TDAH, Concerta, etc; cuántos "la profesora me llama por todo" podrían ser también "algo está pasando en casa".
Creo que a los padres hace falta decirles tienes permiso para fallar.
Todos nos equivocamos todos los días y la paternidad no puede ser la excepción (te lo juro, no se puede, no lo intentes). No viene con manual y cada vez que crees haberle agarrado el truco te cambian las reglas de juego (resulta que los humanos crecen, un día le gusta el brócoli y al día siguiente eres un monstruo por no saber que lo odia). A pesar de todo, está bien. Mientras estés intentando procurar su bienestar, todo error puede ser reparado (o acaso no te has quejado de tus padres y ahí te ves, funcional y contento). Los padres tienen permiso para fallar y nosotros, los maestros, tenemos el deber de decírselos. Si nos vamos a sumar a la larga fila de juzgones no colaboramos en nada y fomentamos más bien la sordera. Debemos convertirnos en sujetos de confianza para que el padre quiera escuchar lo que tenemos para decir, ser empáticos, comprender que escuchar es un deporte difícil y escaso y ahí también hay necesidad de educar. Es importante conocer y comprender el contexto del que viene ese padre o madre y acompañarlos. Ya sé, pareciera que nuestra labor no llega tan lejos, pero sí, todos somos parte del mismo equipo, todos estamos para educar al mismo niño, si no tenemos buena comunicación y no podemos llegar a acuerdos, es muy poco lo que vamos a poder hacer.
Siempre digo a las familias con las que trabajo que debemos asumir que somos una pareja separada. Ellos son uno y nosotros, los maestros, la institución, somo el otro. El chico se educa en dos casas, tiene dos autoridades, tiene dos dinámicas, pero es importante que la pareja se comunique entre sí, así esté separada, para poder llegar a puntos comunes que permitan un discurso sano y constructivo para con el chico. Las familias se ríen, pero es así, hay que ponernos de acuerdo.
Por otro lado, los padres deben buscar que sus hijos sean acompañados por sujetos en quienes confíen. Si la expectativa es solamente que le enseñe a sumar o a escribir, ya están partiendo de mal puerto. Los adultos a cargo de sus hijos están a cargo de la totalidad de sus hijos, no de un fragmento. Lo que observen y hagan puede ser determinante tanto para el chico como para la constitución familiar (lo firmo donde quieran). En ese sentido, hay que ser exigentes al buscar. Eso sí, no se olviden que así como fallan ustedes, puede también fallar el maestro. Si eligen maestros en quienes no confían plenamente, cuyas palabras les suenan vacías y carentes de sentido, si no les parecen autoridades en la materia que les toca (que es la infancia o adolescencia, no letras y números) entonces nunca van a escuchar lo que tienen para decir porque siempre van a creer que ustedes saben más. Y no se trata realmente de quién tiene la razón, sino de cómo ambos puntos pueden alimentarse para tener una visión más completa y justa de la situación que se tiene entre manos.
Papás, mamás, tómense el permiso para fallar y escuchen a quien con cuidado y cariño se los diga, van a ver que puede ser realmente liberador. Y maestros y maestras, eduquemos, esa es nuestra labor.

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