Los dedos, esos diablitos condenados al atraso


Hoy, mientras acompañaba a H a resolver unas multiplicaciones, noté que resolvía las sumas simples con ayuda de sus dedos. Miraba sus manos con concentración mientras repetía nueve más cinco, o más adelante cuatro más seis. Sus deditos se movían frente a sus ojos mientras toda la tradición escolar que llevo los miraba como pillos diablitos que condenaban a H por siempre al atraso. Contar con los dedos es pecado, Dios nos libre.
Cuando ya iba a pronunciar el fatídico “cuenta en tu mente” me detuve, me pregunté por qué iba a privar a H del uso de su herramienta, cuál era esa causa maligna que convertía a sus dedos en un problema para su aprendizaje, qué de eso era el mal hábito. Recordé las perniciosas frases de señora “todavía cuenta con los dedos” – mientras llevan su mano al pecho horrorizadas -, o la peor, la maestra que comunica resignada “a esta edad ya no debería contar con los dedos”. ¿A qué edad exactamente debe uno abandonar los dedos? ¿A partir de qué momento se vuelven un obstáculo?
Como maestra joven, he investigado sobre el uso y los beneficios del material concreto. Si han escuchado el apellido Montessori por ahí, o la famosa experiencia de la ciudad de Reggio Emilia, verán que uno de los elementos que tienen en común es el uso de material concreto. ¿Qué es eso? No es otra cosa que objetos tangibles que ayudan a visualizar el pensamiento abstracto. Contar con bloques de madera, tocar las letras con la mano, etc. ¿No es nuestro cuerpo, entonces, nuestro material concreto más accesible? Por qué defiendo el trabajo con piedritas, chapitas, y cuanto reciclaje se me ocurra si voy a cancelar, yo misma, el uso de los propios dedos.
Cuando yo crecía solía ocultar mis dedos debajo de la mesa para “calcular”. Hasta ahora lo hago. Ya no los escondo, claro, los uso a vista y paciencia, pero los uso. ¿No es, incluso, pieza clave de la película Inglorious Bastards (Bastardos sin gloria - si no la viste, cómprala - ) el contar con los dedos? ¡Da cuenta de toda una cultura! Cuántos de nosotros, adultos hechos y derechos, jóvenes trabajadores pertenecientes a la PEA, utilizamos nuestros dedos para contar, para saber en qué día de la semana estamos, para saber cuánto durará un mes (la técnica de los nudillos no pasa de moda). Y, sin embargo, seguimos pensando que el dejar los dedos es un hito de nuestro aprendizaje, la marca de nuestra lograda habilidad de cálculo mental. Nada más falso.
El problema no son los dedos, el problema es evaluar el síntoma como si fuera igual a la causa. Contar con los dedos no me da información justa sobre la capacidad de H para hacer cálculos en su mente. Me dice, sin embargo, que H es perfectamente capaz de resolver una dificultad, me dice que H conoce los recursos que puede ofrecerle su propio cuerpo, me dice que H está utilizando la creatividad.
Muchas veces, en educación, olvidamos que una manifestación no es más que eso, la muestra de un fenómeno interno muchísimo más complejo. Olvidamos lo mucho que pueden impactar en otro nuestras palabras y ya estamos prestos a lanzar el juicio “qué mal, mira lo que hace”. Se demanda, para una evaluación justa, recoger más allá de un síntoma, realizar un diagnóstico, observar, conocer, contextualizar. Si no, terminamos condenando herramientas maravillosas y pasando por alto talentos importantes. Evaluemos síntomas justos en lugar de quedarnos pegados con formas que nos dan una información paupérrima sobre el aprendiz. Que si el margen, si la colita de la g, si el dibujito trasgresor, si los dedos diabólicos debajo de la mesa. Si no estoy dispuesta a observar más allá del síntoma, me voy a perder, y junto conmigo el aprendiz, en lo menos importante.

Los dedos de H me han obligado a mirar, me han obligado a evaluar mejor. Tus dedos, H, me hacen mejor maestra. Gracias.

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