El origen
Sucedió en la adolescencia, como todos los grandes cambios en la vida.
A esa etapa del desarrollo entré pateando la puerta, nadie me invitó. Decidí que el momento había llegado y me lancé a la rebeldía y la búsqueda de mi nuevo yo con un ímpetu y una energía que pocos apreciaron, pero que ya quisiera tener hoy en día. Solía pensar que era una adolescente difícil. Hoy, que trabajo con adolescentes, he descubierto que no hay tal cosa. Los adolescentes están ahí para desafiar a la vida, a su vida, pero en el camino estamos los adultos que intentamos poner por delante de tanta energía la idea (loca para ellos, sensata para nosotros) de que el desorden eventualmente acaba y hay que estar preparados para ello. Es deber del adulto anunciarlo y deber del adolescente resistir, de ese enfrentamiento nacen los pensamientos más lúcidos.
Así me pasó. En medio de mi propio desorden y el descubrimiento de una intensidad que no conocía, el mundo se me volvió distinto, propio. De pronto entendí que mi mirada sobre mi entorno podía, por qué no, transformarlo. Llegué a ese momento del "todo quiero, nada me gusta". Claramente me disgustaba en discurso muchas más cosas de las que me disgustaban en el alma, pero encontré, discriminando mis pasiones, al menos un par de cosas que han guiado mi pensamiento adulto.
Tenía 13 años y en el colegio, en el curso de literatura, nos mandaron a elegir entre dos libros: La ciudad y los perros o Siddharta. Me aburrí con el segundo como nunca en la vida y la mitad de mis compañeros no leyó ninguno de los dos. Más allá de preguntarme sobre pasajes del libro nadie nunca me preguntó si me gustó, nadie me preguntó que sentí, nadie me preguntó, siquiera, en qué consistía la búsqueda del joven Siddharta. Entonces me di cuenta. Llevaba, para ese momento, 9 años de ser una ávida lectora, pocas cosas me hacían tan feliz como encerrarme en un libro nuevo y olvidarme de la hora, el espacio, el mundo entero. Leer era todo, absolutamente todo, pero luego tenía que ir a este lugar donde me mandaban títulos aleatorios, sin ninguna razón aparente, sin ninguna selección clara, y además me hacían anotar corrientes, fechas, estilos... nunca podía conversar sobre lo que había leído, nunca disfrutar, nunca usar en la vida lo que aprendía en el libro. Me comencé a preguntar cómo podía tener dos experiencias tan distintas respecto del mismo hecho, cómo la literatura podía ser fantástica y aplastante a la vez. Entonces lo resolví en mi cabeza, de pronto comenzó a nacer en mi, como una planta fuerte, la idea que decidió el grueso de mi desempeño profesional, era el método lo que hacía a la literatura o fantástica o aplastante, la forma, el acercamiento. Era, en ese momento, la educación (esa fue la palabra que encontré).
Entonces comencé a meditar sobre la educación, a pensar en cómo sería una educación distinta, qué debíamos aprender en el colegio, por qué y para qué. Llegué a conclusiones motivadoras y seguí, pensando en alternativas, en proyectos, pensando, imaginando, disfrutando en mi mente.
Años más tarde, 10 años más tarde para ser exacta, empecé la aventura formal de educar. Encontré un proyecto hermoso y lo suficientemente loco como para recibir mi inexperiencia, me armé de valor, y me lancé a la piscina. Esta vez no entré pateando la puerta, pero tampoco pedí permiso. Me lancé con la confianza que me daba el saber que había estado pensando en eso toda mi vida adulta, que sabía que mi responsabilidad, mi misión, era trabajar por una educación mejor, era demostrar que en cada pedacito de información que consumimos hay lecciones para la vida.
No creo en una educación para los libros, no creo en una educación para el trabajo, creo en una educación para la vida bella, para hacernos mejores en el arte de convivir, de compartir, de ser y de estar.
Ahora, cinco años después de empezar esa aventura, quiero compartir las bellas lecciones que me ha dejado y me deja el trabajo con niños, adolescentes y adultos. Desde el rigor de la investigación, desde el amor, desde la experiencia y desde el deseo latente de que otro, quizás, recoja mis palabras y las lleve consigo para hacerlas acción.
Empiezo ahora la aventura de registrar este nuevo aprendizaje, de maestra. Porque el primero en reconocerse un aprendiz, debe ser indiscutiblemente el maestro.
Gracias por leer y ¡bienvenidos!


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